¡PIENSA, PIENSA, USA LA CABEZA!
B. Nathanson es un médico norteamericano de origen judío; hace poco más de un año recibió el bautismo en la catedral de San Patricio de Nueva York. Su abuelo era gran rabino de la sinagoga de su pueblo natal, pero ni su padre ni su madre eran creyentes, por lo que creció en un medio agnóstico. Con el éxito y el dinero como objetivos a alcanzar en la vida, estudió medicina y se enriqueció mediante la gestión de una clínica abortista donde realizó miles de estas intervenciones. Con el tiempo se habituó a realizar maquinalmente esas operaciones que convierten a un ser humano en un montón de carne ensangrentada que se arroja sin escrúpulos a un cubo de basura. Cuenta él mismo cómo la ecografía fue la espoleta que activó una serie de procesos interiores que culminarían con su conversión al catolicismo. Por avatares del destino, un día observó una exploración ecográfica de una mujer embarazada; vio al feto, diminuto ser, moverse en el interior del vientre de su madre y oyó los latidos de su corazón. Quedó impresionado y se le ocurrió filmar las reacciones del nonnato durante una de sus operaciones quirúrgicas; cuando visionó la proyección de aquella filmación quedó sencillamente horrorizado por los gestos de aquel ser vivo y decidió tomarse un tiempo para reflexionar antes de realizar más abortos. Como resultado de esa reflexión se convirtió en un decidido defensor de la vida desde el primer momento de la concepción.
Si el hombre occidental del final del milenio reflexionara más, ¿no cambiaría algunos de sus planteamientos vitales, como cuenta el doctor Nathanson que le sucedió a él? Abrumados por una sobredosis de información que somos incapaces de sopesar, interpelados con urgencia por estímulos caleidoscópicos difíciles de jerarquizar, ¿no acostumbramos a pasar por la vida como los patinadores se deslizan sobre un lago helado sin preguntarse por lo que se esconde bajo la costra de hielo? ¿No resbalamos con frecuencia sobre la superficie de los acontecimientos sin profundizar en ellos, sin preguntarnos por los motivos de nuestros modos de actuar? ¿Consecuencias? Entre otras, el comportamiento animalesco que conduce al gregarismo. Entiendo por comportamiento animalesco la entronización de los sentidos y la consiguiente elevación a categoría de absoluto ético de la ley del gusto. Lo que supone actuar según estos criterios: ¿me gusta algo?, ¿tengo ganas de eso?, ¿me apetece eso?, entonces es bueno y lo haré; ¿no me gusta?, ¿no tengo ganas?, ¿no me apetece?, entonces no vale la pena esforzarse. Tal modo de actuar conduce a lo que he denominado gregarismo o el sometimiento servil al dictado de los eslóganes de moda escupidos con insistencia desde instancias muy diversas: televisión, publicidad, prensa. Eslóganes fabricados con frecuencia para halagar y poder dominar así unas voluntades previamente sometidas al dictado de lo que agrada a los sentidos.
Piensa, piensa, usa la cabeza.
sí rezaba un par de versos de una canción que oí canturrear a un grupo de estudiantes. Me quedé tarareándola, pues agolpó en mi mente una gavilla de pensamientos: me hizo pensar y usar la cabeza. Piensa, piensa,... para ello hay que saber pararse y dedicar algún tiempo a reflexionar y estudiar; piensa, piensa... antes de actuar, pregúntate sobre los motivos de lo que vas a hacer y sobre sus consecuencias; piensa, piensa... ni lo nuevo ni lo viejo es mejor por el hecho de serlo, compara y decide; piensa, piensa,... hace tiempo que el hombre enciclopédico es imposible, pide opinión a otros cuando hayas de decidir y pondera el consejo recibido. Usa la cabeza..., no te limites a usar los sentidos; usa la cabeza... para no quedarte en lo inmediato y captar el más allá; usa la cabeza... para ver si es cartón piedra o mármol lo que se esconde bajo la purpurina que deslumbra los ojos. ¿Quién se atreve a seguir por este camino?
Rafael M. Mora Martín